Amar a una persona y sentirse sobrepasado por el cuidado no son sentimientos incompatibles. Sin embargo, pocas veces nos atrevemos a decirlo en voz alta.
Son las 6:00 de la mañana. Antes de despertar a sus hijos para ir al colegio, Claudia prepara los medicamentos de su padre. Después lo ayuda a vestirse, deja listo el desayuno y revisa que tenga a mano el teléfono con los números de emergencia escritos en una hoja grande, porque la memoria ya no es la misma.
Hace dos años trabajaba jornada completa. Hoy pidió un día libre para poder acompañarlo a controles médicos, exámenes y trámites.
Su sueldo disminuyó. También disminuyó el tiempo para ella.
Algunas noches se pregunta cuánto más podrá sostener ese ritmo. Y entonces aparece un pensamiento que la avergüenza: no quiero seguir haciendo esto.
Inmediatamente llega otro: ¿Qué clase de hija piensa algo así?
La culpa suele llegar antes que la respuesta.
Esta es una pregunta que muchas personas nos hacemos… en silencio
Hay quienes dejan de trabajar para cuidar. Hay quienes siguen trabajando, pero viven pendientes del teléfono por si ocurre una emergencia. Hay familias que deciden que la persona mayor se mude con alguno de sus hijos. Otras hacen el camino inverso: es el hijo o la hija quien vuelve a la casa de sus padres para acompañarlos.
Hay matrimonios que convierten el comedor en un dormitorio porque ya no es seguro que la persona mayor duerma sola. Hay nietos que empiezan a asumir responsabilidades que nunca imaginaron. Hay hermanos que logran organizar turnos y repartir las tareas.
Y también hay familias donde, casi sin conversarlo, todo el peso del cuidado termina recayendo sobre una sola persona.
Ninguna de estas situaciones aparece de un día para otro. Se instalan lentamente: primero es acompañar a un control médico, después hacer las compras, más adelante administrar medicamentos. Con el tiempo llegan las noches sin dormir, las caídas, las hospitalizaciones o la necesidad de ayuda para actividades tan básicas como bañarse o vestirse.
Mientras la dependencia aumenta, la vida del cuidador también cambia. No solo cambia su rutina.
Puede cambiar su trabajo, su economía, su relación de pareja, la crianza de sus hijos, la salud física y mental, sus proyectos personales muchas veces quedan congelados.
Entonces vuelve la pregunta: ¿Es egoísta reconocer que no puedo o no quiero seguir cuidando de esta manera?
Lo que dice la evidencia
El cuidado de largo plazo sigue descansando, principalmente, sobre las familias. Y dentro de ellas, sobre las mujeres.
En Chile, distintos estudios basados en la Encuesta CASEN han mostrado que la mayoría de quienes ejercen cuidados no remunerados son mujeres, muchas de ellas hijas o cónyuges de la persona que requiere apoyo. Esa responsabilidad suele traducirse en menos oportunidades laborales, menor autonomía económica y una mayor sobrecarga física y emocional.
La evidencia internacional muestra una realidad similar. La Organización Mundial de la Salud y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe han advertido que el envejecimiento de la población está aumentando la demanda de cuidados de larga duración y que los países deben avanzar hacia sistemas integrales de cuidados que no descansen exclusivamente en las familias.
Porque cuando el cuidado depende de una sola persona, el riesgo de sobrecarga aumenta y cuando eso pasa, también aumenta la ansiedad, la depresión, el agotamiento físico y el aislamiento social.
El problema no es el amor
Existe una idea profundamente instalada en nuestra cultura y es que si amas a alguien, deberías poder cuidarlo sin límites.
Pero cuidar no depende únicamente del cariño. Depende, también, de los recursos:
- ¿Quién puede reemplazarte si necesitas descansar?
- ¿Tu trabajo permite flexibilizar horarios?
- ¿Tienes hermanos con quienes repartir responsabilidades?
- ¿Puedes pagar apoyo domiciliario algunas horas a la semana?
- ¿La vivienda está adaptada para una persona con movilidad reducida?
- ¿Sabes cómo enfrentar una crisis de desorientación o una caída?
El amor no resuelve ninguna de esas preguntas. Por eso, reducir el cuidado a un acto de voluntad o de afecto es injusto. No todas las personas cuentan con las mismas herramientas. No todas las familias tienen las mismas redes. No todas las historias son iguales.
Compartir el cuidado también es cuidar
Durante años hemos entendido el cuidado como una responsabilidad privada, como un asunto que cada familia debe resolver puertas adentro. Sin embargo, esa mirada comienza a cambiar y cada vez existe mayor consenso en que cuidar es una responsabilidad compartida.
Las familias tienen un papel fundamental, por supuesto.
Pero también lo tienen el Estado, los municipios, los servicios de salud, las organizaciones comunitarias, las empresas —a través de políticas de conciliación entre trabajo y cuidados— y la propia comunidad.
Pedir ayuda no significa abandonar.
Buscar una residencia no significa dejar de querer.
Contratar apoyo profesional no significa desentenderse.
Poner límites tampoco significa amar menos. A veces significa, precisamente, encontrar la manera de seguir cuidando sin destruir la propia vida en el intento.
La verdadera pregunta
Quizás la pregunta nunca fue si somos egoístas. Quizás deberíamos preguntarnos otra cosa: ¿Por qué seguimos creyendo que una sola persona debe sostener una responsabilidad que, cada vez con más fuerza, entendemos como un desafío de toda la sociedad?
Y para que no nos hagamos esta pregunta en silencio, conversemos con la familia:
– Si mañana uno de tus padres necesitara apoyo permanente, ¿tu familia sabe cómo se organizaría?
– ¿Han conversado quién asumiría el cuidado? ¿Cómo se repartirían las responsabilidades?
– ¿Qué apoyos necesitaría esa persona para cuidar sin dejar de cuidar también de sí misma?
Porque las conversaciones más difíciles son, muchas veces, las que más necesitamos tener.
